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Salmo 23: «El Señor es mi pastor, nada me falta». Hermano, en esta mañana de octubre donde el ruido del mundo nos asedia por todos lados, donde nuestros teléfonos gritan constantemente y nuestras mentes corren sin descanso, el salmista nos invita a un remanso de paz que hoy es más necesario que nunca. Aquél que escribió estas palabras conocía la soledad del desierto, el miedo ante los depredadores, la sed que quema; y aun así, su corazón reposaba. ¿Cómo podemos nosotros, en medio de nuestras crisis económicas y nuestras ansiedades digitales, aprender esta fe que descansa?
Cuando confesamos «nada me falta», no negamos nuestras carencias materiales; decimos algo más profundo: que nuestra necesidad verdadera, la que alimenta el alma, está ya saciada en Su presencia. En este mundo que nos enseña a buscar seguridad en la acumulación, a medir nuestra valía por lo que tenemos, el Salmo 23 susurra una verdad revolucionaria. El Señor nos conduce a pastos verdes, a aguas tranquilas; nos restaura el alma no con posesiones, sino con Su compañía íntima y constante.
En el valle de sombra y muerte —ese territorio donde habita la enfermedad, la pérdida, la incertidumbre que todos atravesamos— el salmista no promete que desaparecerá el valle, sino que su vara y su cayado nos consuelan. Hermano, tu Padre no te saca de las pruebas, pero camina contigo en ellas. Su báculo, símbolo de protección y guía, está siempre sobre ti. Hoy, cuando enfrentas lo que parece insuperable, recuerda que no estás solo; Aquel que cuida sus ovejas vela también por ti.
Y así llegamos al remanso final: «Ciertamente, el bien y la misericordia me seguirán todos los días de mi vida». No es un deseo, es una certeza que brota de quien ha aprendido a reconocer la mano de Dios en cada amanecer, en cada providencia inesperada, en cada momento en que fuimos sostenidos sin saberlo. Que hoy, en la quietud de tu oración, permitas que estas palabras antiguas despierten en tu corazón una fe nueva, una confianza que trascienda las circunstancias, y habites en la casa del Señor para siempre.
Respira, escucha sus promesas y ora con el corazón.
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